Mrs. Fulgham

Pilar Macchiavello, Enero, 2019.

Biografía novelada breve de Mrs. Fulgham – 1871 (una de las primeras denuncias de violencia doméstica ganada en la corte). 

El golpe es más efectivo a sus ojos, y requiere menos esfuerzo al no tener que pensar o negociar con nosotros, más bien es un esfuerzo físico que domina y siempre gana.
La familia es el lugar dónde uno acude en momento de dolor y necesidad para ser recibido y protegido, pero no es mi caso ni el de mis hijos.
Ser esclavos emancipados no nos ha dado la seguridad que buscábamos.
Al mudarnos a nuestra propia casa, sentimos que los ojos ajenos, testigos a lo que sucede dentro de estas paredes se ha reducido, y con ello a incrementado el abuso de poder que mi esposo inflige sobre nosotros. No hay palabras cuando pueden haber golpes.
Su paciencia desapareció con la esclavitud, y con ella nuestra seguridad.
Hoy regreso apresurada del mercado. Fui a recoger víveres para preparar la cena y el día estaba tan caluroso que no quise llevarme a los niños para no exponerlos al calor agobiante de Alabama.
Camino deprisa, agitada, no quiero estar mucho tiempo lejos de ellos por miedo a que él se enoje y los castigue con esa vara de madera que mantiene al lado de la silla en la galería.  

“Hoy ya no quiero callar y calmar: hoy soy una madre y una mujer.”

Al acercarme a la casa oigo llanto y gritos. Dejo las fundas que cargo botadas en el piso y salgo corriendo con el corazón en la garganta porque tengo rabia, pero también tengo miedo.
Él es más fuerte que yo y no importa mi arrojo o entrega a esos niños, mis hijos, al final, todo se determina por el tamaño y él en eso me lleva ventaja. Abro la puerta con el envión que traigo de haber corrido y la escena es desgarradora.
Los niños están acurrucados, abrazados entre ellos para protegerse de los golpes de esa vara maldita que el arremete contra ellos entre mascullones. Su sorpresa al verme entrar es breve, no me considera una amenaza ni me tiene miedo. La experiencia le dice que yo voy a tratar de calmarlo pero nunca intervenir en la situación. Pero hoy no es como otros días.
Hoy ya no quiero callar y calmar: hoy soy una madre y una mujer.
Lo topeteo con el cuerpo para detenerlo y ahora sí se asombra de mi audacia. Un brillo en sus ojos me dice que el castigo que me va a dar estará justificado, eso es lo que él piensa, cree y entiende. Le hablo rápido, con intento de detener su enojo.

“No es necesario pegarles, ellos escuchan, entienden de otras maneras, tienes que dejar de hacer esto, son niños, por favor deténte…”

Las palabras se me ahogan con un grito al sentir la vara maldita en mi espalda. Una. Dos veces. Los niños ya no lloran ni se acurrucan, sino que se levantan como fieras y me rodean para protegerme de él, de su violencia. Al ver que está superado en número, abandona su castigo y con aire superior se aleja de nosotros.

Todos respiramos. Nos acariciamos. Les hablo dulce al oído: “ya no más, esta fue la última vez, perdón, perdón, perdón”.

“Uno de los primeros estados en rescindir el derecho de castigo fue Alabama, en 1871, en un caso llamado Fulgham v. State. “La esposa no debe ser considerada como la esclava del marido“, sostuvo la Corte Suprema del Estado “y el privilegio, por antiguo que sea, de golpearla con un palo, tirar de su cabello, estrangularla, escupirla o patearla por el suelo, o infligirla como indigna, no es reconocido ahora por nuestra ley.”