Junko Tabei

Pilar Macchiavello, Marzo, 2019.

Biografía novelada breve de Junko Tabei 田部井 淳子 (22 Septiembre 1939 – 20 Octubre 2016) (la primera mujer en alcanzar la cima del Monte Everest, y también la primera mujer en ascender las Siete Cumbres al escalar el pico más alto de todos los continentes). 

¡Qué difícil es querer tener las dos cosas!
¿Cómo puedo ser una buena madre sino le doy a mis hijos el ejemplo de la perseverancia, de creer en sus ideales y de lograr, cueste lo que cueste, cumplir el sueño que me desvela por las noches?

Ese sueño que para nosotras es tan real que casi lo tocamos con la punta de los dedos y lo sentimos propio y conquistado.

Somos quince mujeres y en un deporte dominado por hombres, nuestro proyecto era ridiculizado sin cesar. Otra puerta se cerraba y la expedición que estábamos armando la sentíamos cada vez más lejos. Inalcanzable.

Conseguir el capital que necesitábamos para poder subir el Everest no tendría que haber sido tan difícil, pero nadie quería apoyar un grupo de mujeres que ‘tenía que estar en su casa cuidado los niños’ y no persiguiendo el sueño de conquistar el punto más alto de la tierra. Al parecer, si eres una mujer, tus sueños ya no son tan importantes y toman un plano secundario a querer casarte y armar una familia.  

“Vamos a una expedición al extranjero por nosotras mismas”

Requirió mucho esfuerzo de nuestra parte comprar los materiales para armar nuestro equipo de montañistas, cociendo nuestras bolsas de dormir y hasta recurrimos a las donaciones de nuestros estudiantes (mermeladas y no perecederos) para armarnos de lo que necesitábamos para nuestra conquista.

Cuando el momento llegó dónde estábamos listas para partir, fue difícil tomar la decisión de iniciar la expedición. La responsabilidad de la vida de todas las mujeres de mi equipo colgaba de mi asertivo análisis de la ruta y los recursos que teníamos. Quiero creer que la fuerza de ese sueño hizo el resto: la partida a Katmandú, el inicio del acenso y la determinación diaria de seguir. Cuando la avalancha nos tapó a 6,300 metros de altura y me dejó inconsciente, todas dudamos de si debíamos seguir nuestra travesía. Estábamos exhaustas y este evento natural e impredecible nos había quitado la seguridad en nuestro intento.  

Recuerdo alejarme del grupo y sentarme sobre una piedra a tomar aliento, a internalizar la magnitud de lo que estábamos logrando y la sensación de que no podía rendirme. Esta determinación nos ayudó a todas a continuar la subida por doce días más. A enfrentar el frío, la incertidumbre, nuestros miedos y sobre todo, los prejuicios que se nos había inculcado de pequeñas.

Doce días después estábamos entrando en los libros de historia.

Habíamos pisado la cima del Everest y éramos mujeres: dos factores que nunca se habían juntado. Ese júbilo no me dejó nunca. Nunca le digas a una mujer, a una madre: no puedes hacerlo. Puede llegar a sorprenderte.