Irena Sendler

Pilar Macchiavello, Diciembre, 2018.

Biografía novelada breve de Irena Sendler (Febrero 15, 1910 – Mayo 12, 2008).

“Padre nuestro, que estás en el cielo…” – rezo esta plegaria mientras ellos me golpean.
“…santificado sea tu nombre” – recuerdo sus caritas de miedo, sus manitas agarradas, sus abrazos de gratitud y eso me da fuerza para soportar esta tortura.
“…venga a nosotros tu reino” – sé que con decirles sus nombres, los lugares dónde los escondí, las personas que me ayudaron; podría conseguir que todo este episodio terminara; eso me lo repiten antes de cada golpe, antes de cada hueso quebrado, antes de cada plato de comida negado.
“…hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” – pero ellos no entienden de valor y yo lo he vivido en carne propia. Cada uno de esos padres que me entregó a su hijo o hija, sin conocerme, confiando en nuestra destreza para poder sacarlos con vida del gueto de Varsovia; ellos fueron héroes y yo no puedo permitirme quebrar bajo este tormento. Hoy quiero ser valiente como ellos fueron.
“…danos hoy nuestro pan de cada día” – No puedo y no debo. La vida de esos niños depende de mi silencio. Por eso callo, y ellos golpean, quiebran y me rompen por fuera; pero por dentro sigo intacta, aguanto y sobrevivo.
“…perdona nuestras ofensas” – amante de los judíos me dicen a modo de insulto, y me amenazan con la muerte. Ellos no entienden que la muerte sería un descanso de su mano violenta y la recibiría con aplomo, porque me ayudaría a mantener mi silencio para siempre.
“…como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” – Pienso si antes de morir pudiera perdonarlos por lo que han hecho. Por haberme quitado a mis amigos, haberlos relegado, perseguido, torturado, matado. Perdón pediría yo a Dios porque no creo que pudiera ofrecérselo a ellos.
“… no nos dejes caer en tentación” – aquí es donde me detengo y medito sobre la fuerza de esta frase. La tentación de hablar es mucha, el dolor es insoportable, el miedo sobre lo que me depara el futuro es abrumador; pero las palabras se me atoran en la garganta, y el recuerdo de la cara de esos padres, de su fortaleza, de su entrega… ese recuerdo me da las fuerzas que necesito para seguir aguantando esta tortura.
“…amén” – lo digo despacio, susurrando. Una plegaria al aire para que alguien me ayude, pero no a expensas de nadie, no a costa de la vida de esos niños. Ayuda sin costo. ¿Existe eso en este mundo ya?

Que perduren ellos, su religión y sus familias.

Siento que me desatan.
Se cansaron de lastimarme y de mi silencio.
Me arrojan en el suelo frío con la promesa de volver más tarde por más. Sus palabras son cuchillos en mi estómago.
No quiero más.
El dolor es inaguantable, me da miedo lo que pueda decirles para que no me lastimen más.
Pero me acuerdo de esos héroes, y entiendo que debo perdurar.
Comienzo de nuevo, esta vez para robar fuerzas de mi fé con esta plegaria.
“Padre nuestro, que estás en el cielo…” – yo te siento aquí, en este piso, conmigo, ahora.
“…santificado sea tu nombre” – sea Yahveh u otro, para mí eres uno, omnisciente y omnipotente.
“…venga a nosotros tu reino” – sea bajo el símbolo de una cruz o de una estrella, te entrego esos frascos, enterrados en mi patio, con sus nombres, sus orígenes, sus fechas, para que los hagas parte de tu reino, los protejas hasta que todo esto termine.
Que perduren ellos, su religión y sus familias.
Amén.  

“No hice nada especial. Cualquier persona decente haría lo mismo bajo esas circunstancias. Cuando alguien se está ahogando, uno intenta salvarlo, así sepa nadar o no. La raza, la religión, la nacionalidad no importan” Irena Sendler