Diana, Princesa de Gales

Pilar Macchiavello, Noviembre, 2018.

Biografía novelada breve de Diana Frances Spencer (Julio 1, 1961 – Agosto 31, 1997).

Hay vómito por todos lados. Yo le sostengo su cabeza sobre el inodoro para que el pelo no le caiga en la cara, le hablo dulce al oído para darle aliento, le acaricio la espalda en círculos para que su cuerpo se tranquilice y él pueda descansar. Ha sido una noche larga.

Harry ya no puede más. Sus brazos apenas lo sostienen sobre el inodoro y ya sus piernas dejaron de funcionarle. No paro de pensar en qué puede haber ocasionado esto… seguro la cantidad de golosinas que comió en el cumpleaños de su hermano. Parece un empacho pero es el empacho más largo que ha tenido.

– Ma, ya está – escucho que me dice. Apenas se oye su voz de lo que su garganta ha sufrido este episodio y por el cansancio que carga.
– Toma mi mano, yo te ayudo a regresar a la cama. Seguro esta fue la última vez.

Lo agarro con cariño y lo abrazo contra mí para darle fuerzas.
Veo de reojo la institutriz que Charles insistió que estuviera con los niños y me enojo tan solo de sentir su presencia. No quiero que esa mujer fría esté cerca de mis hijos.
No entiendo qué puede enseñarles ella de la vida y su futuro sino tiene calidez para siquiera tratarlos.
Suficiente frialdad y distanciamiento van a aguantar en su posición de príncipes herederos, para sumar a esto la contradictoria presencia de esta señora a la que con gusto echara de este cuarto si ella me hiciera caso. Pero no. No tengo autoridad para hacerlo, y ella no va a escuchar nada de lo que le diga.
Solo atiende lo que dice Charles y sus padres… la muy engreída.
Paso por al lado de ella sin prestarle atención.

Que ellos siempre sean mis hijos y yo siempre sea su madre.

Harry se desploma en mis brazos y lo alzo con esfuerzo; ha crecido tanto. Lo llevo con cuidado a su cama, lo apoyo en su colchón y sin haberlo soltado ya escucho su ronquido suave de sueño profundo. Se me aprieta el corazón de pensar lo cansado que está y lo difícil que ha sido esta noche para él. Si pudiera liberarlo de ese sufrimiento lo haría sin dudarlo. Tomara su dolor y lo hiciera mío, pero sólo me queda arrimar una silla mecedora al lado de su cama, tomarlo de su mano y acompañarlo.
Apoyo mi cabeza sobre el respaldo, pero no puedo pegar un ojo. No es falta de sueño, me siento agotada; pero tengo miedo de este proceso que estamos viviendo, donde la separación con Charles es inminente y me voy a tener que ir del palacio, dejar mis hijos en manos de esta familia real que intentan por todos los medios, amoldar a mis hijos a sus estándares y prácticas.
Quisiera preservarlos de esto, pero es una decisión que tomé yo por ellos antes de concebirlos cuando me casé y elegí convertirme (a mí y a mi descendencia – desconocida en ese momento) en princesa Ladi Di.
Qué ingenua fui, pensando que mi carácter fuerte y decidido iban a poder cambiar algo de esta dinámica real.
Mi matrimonio no es algo de lo que puedo sentirme orgullosa. Ni mi educación, ni todos los esfuerzos que hizo mi madre para alinearme de pequeña me han ayudado a aprender a someterme al mismo. Ya no siento amor por mi esposo, ni siquiera respeto; y me es tan difícil aparentar, más frente a mis hijos que todo lo perciben, todo lo internalizan.
Ellos saben lo que pasa, sufren este proceso, y no hay nada que yo pueda hacer para evitárselos. Siento miedo, por sobre todo, de dejarlos.
Por ahora estoy aquí, acompañándolos.
Espero que el tiempo nunca nos distancie ni nos separe.
Que ellos siempre sean mis hijos y yo siempre sea su madre.